Almendro.
La mayoría de las veces las amistades terminan por ser crueles. De distintas formas, siendo irónicos, con ese humor negro, con jodidas tallas que intervienen directamente en nuestro sistema nervioso. Te recuerdan cosas que no quieres, te preguntan sobre temas que ya no te interesa cuestionar. Las amistades son como animales que te traen a otros animales muertos a tus pies. Como regalos; obsequios que tu no esperas recibir. No puedes frenar el ciclo de la vida y debes lamentarte de que así ocurra. El corregir actitudes es una determinación arbitraria que no debería nunca depender de nuestros actos. Hoy Atila jugó en el patio, estuvo varias horas entretenido. Él pasea, maulla, escala árboles persigue moscas. Al cabo de un rato llegó corriendo con un pequeño pájaro entre sus fauces, el pájaro aún vivía cuando lo puso cerca de mis pies y me miró con cara de orgullo. La verdad es que la escena me tomó de sorpresa y no supe si sonreír o enojarme. Estaba herido, más bien agonizante cuando lo volvió a poner en su boca para continuar su macabro juego. Las opciones eran dos, se lo arrebato y lo suelto –quizás entienda que no me agradó, quizás no lo comprenda, aunque eso poco importa- la segunda opción es simplemente dejarlo jugar, al fin y al cabo es un animal jugando con otro en el ciclo de la vida vista desde el prisma de la metáfora más perfecta de todas, la muerte inminente. Para él es algo que simplemente llama su atención, se mueve y hace sonidos de dolor, es básicamente una novedad y él la quiere tener. Si esto no se tratara de vida o muerte, la escena podría ser vista como una magnífica obra de la solidaridad. Aunque pensándolo ahora, es un juego de supervivencia y debes siempre saber o conocer que ser el más astuto te llevará a flote. Ninguno sabía eso, estaban experimentando el aire, estaban recién saboreando la vida. Ambos jóvenes, Atila no pasa de los seis meses y aquél pájaro de seguro tenía un par de semanas. Lo dejé jugar, con un sentimiento de culpa que venía de la mano a un estado de asombro. Recordé rápidamente el consejo de un amigo en situaciones de conmoción: Rompe el momento, echa una puteada, golpea algo, escupe, blasfema, odia, estornuda, pero debes romper el momento para que el caos no se apodere de ti. Esto está mal- dije antes de quitar la pequeña ave de su esfera de juego/ poder. Intentó recuperarlo, pero simplemente no se lo permití. Sabía de cualquier forma que el pájaro moriría, estaba prácticamente muerto en mis manos. Salí a dejarlo en un nido que encontré en lo alto del almendro. Entré a continuar con mi vida y con la de Atila que ahora jugaba con un pedazo de alfombra. Siento que ahora me mira con cara de tener un secreto, como esa mirada cuando descubres los regalos de navidad, él sabe que puede matar y es lo que le gusta hacer. Es un gato, un cazador, un carnívoro y además tiene nombre de bárbaro. El azote de Dios. Pasaron varias horas con el tema un tanto olvidado que decidí esclarecer la situación del gorrión. Muerto como esperé, se llenaba de hormigas carroñeras que no esperaron ninguna ceremonia. Somos los únicos que sembramos muertos pensando que así podremos mantener un contacto con ellos. Somos de piel y carne. De plumas y picos. A veces somos como gatos que juegan a matar. Atila me recordó que en el mejor de los casos él se dedicará a cazar mientras yo estaré a su guardia intentando evitarlo. Pero ¿para qué? ¿por cuánto tiempo? No soy quien para esperar que cambie; además no quiero que lo haga. Él seguirá trayendo aves muertas a mis pies cada vez que se le antoje. Yo decidiré entonces si las dejo de morir en el hocico de un animal o en la pasividad de un nido. La muerte no se puede cambiar. Siempre diré lo mismo respecto a la otra obligación, no la de escoger. La de ser honesto. Si, fue lo más hermoso. Prácticamente perfecto. Ahora está lleno de hormigas, por lo que se ve difuso. Pero yo sé que fue hermoso. La felicidad nunca antes pasó por algo tan volátil como la vida de un pequeño gorrión. Las amistades son carnívoras cazadoras.
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