Te das cuenta que estás mal cuando no has dejado de reprimir lo que sientes hasta el punto que se vuelve desagradable recordar en instante en que todo comenzó desde cero. El ejercicio es sencillo, y se asimila a algo que todos vamos a vivir durante una vida. Piensa en la situación más agradable del mundo, en el amor más completo, en la melodía que más te llene. Luego piensa que debes romper el disco, debes acabar con el amor o simplemente hacer de la situación un momento. Queda en el pasado y sólo queda eso, un choque frontal con las sensaciones de angustia. Te das cuenta que estás mal por muchas razones, cuestionar tu pasar sería una de ellas. No entender ni superar una frustración.
Te das cuenta que estás mal, cuando no has dejado de drogarte durante cinco días seguidos y no piensas detenerte. No tienes dinero, no te queda qué vender. Sólo piensas que es una salida y escapas de la manera fácil y cobarde. Refugiándote en alguna alcoba que alberga tu imaginación. Caer en la desesperación.
Te das cuenta que estás mal, cuando sientes que no vas a perder nada al intentarlo. Puedes volar, puedes dejar de sentir la respiración o puedes esperar que todo el mundo se detenga, sólo por capricho. No esperas nada de él y puedes hacer lo que quieres. Esto se vuelve como la manera simple de decir: me siento solo.
Te das cuenta que estás mal cuando todo esto es un juego diario, una disciplina de ser. Volverse uno con la indiferencia.
Afortunadamente yo estoy bien, todo marcha en una montaña rusa, y mis caprichos se reducen a desgaste físico y mental, más que a la destrucción de neuronas. Todo se ha girado y las cosas marchan en sentido contrario. Tan sólo espero -por primera vez en mucho tiempo- que el mundo jamás se detenga. Que no se detenga el tiempo nunca más. Al menos para mi.

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