La biblioteca de Babel representa
en sí una exploración por el sentido ontológico de la vida y con ello el
posicionamiento del pensamiento en forma de materia. Cada uno de los libros se
sustentan en su propia idea de la creación; cada libro es a su vez su creador. El factor clave para comprender
la sustentabilidad de dicha empresa no queda sino al arbitrio de la razón
comprendida como un todo imaginable. El todo se afirma en la única potencialidad
de la dimensión mental, que no posee ningún límite en cuanto a que es inagotable
el ser de ser. Una mente que además está
dicha en acción como el ser mismo está puesto al deseo, a la traición, al
hambre y a las necesidades biológicas. La afirmación del ser consciente es la creación
de su propia entidad ontológica, no desde el punto de vista del conocimiento de
sí mismo, sino como la postura de que este ser es, en el momento que se
pregunta de su ser. El ser aparece en cada uno de los estantes acaparado como
el objeto en que se han materializado; para Borges entonces, es cada ser un
libro, y cada hombre se pregunta por aquel. No existen infinitas respuestas,
sino un número identificable que roza próxima a la eternidad. El hecho mismo
que el sostén del ideal de conciencia –universal, o bien deducida anteriormente
como un Ser consciente-, para Borges sea un lugar físico completamente reducible
a una definición, no es más que el juego de la ilusión que se manifiesta en la representación
del espejo al final del laberinto. El final de la vida se mira con una devoción
erguida en la fe y es “lo remoto” como indeterminado lo que conduce al
espejismo de infinitez. La búsqueda del catálogo de catálogos parece una misión
primordial. Para el encuentro entre una certera aproximación y el ente que
busca esa prueba de su existencia, no basta con el revisar cada uno de los
tomos que se conservan en esta cuestionablemente limitada biblioteca. Podrán
existir entre los rezagos de un perdido volumen la única respuesta necesaria
para afirmar que todo el universo está compuesto de pequeños en incesantes
universos que se construyen en razón de su destrucción, que cada uno de los
entes que suponen la realidad no son más que mentalizaciones y definiciones que
cada bibliotecario ha adquirido con el tiempo. Que el tiempo es por cierto uno,
que nunca avanza porque a cada instante se contiene en sí mismo y se vuelve a
generar. El ciclo de creación y mortificación de cualquier pensamiento,
funciona de igual forma. Las ideas y sus equivalentes materiales se gestan en
una dimensión a la cual desconocemos rumbo, o incluso su propia realidad (…)