Inocencia & Madurez

Era un camino pedregoso, no había forma de transitar sin tropezar. Nadie había decidido que fueran ese camino, pero ahí estaban. Él siempre señaló que cuando tomaba una decisión, la seguía hasta el final, sea cual sea el resultado; incluso veía en eso un dejo de masoquismo por el cual se auto-torturaba por haber hecho una mala elección, Él nunca dejaba una empresa a medias por mucho que ésta estuviera rompiéndole los pies. La decisión de ir descalzos fue de Ella, y tenía varios motivos; Siempre analizaba todas las situaciones hasta dejarlas completamente resueltas, y hace un par de días había concluido que el ir descalzo le brindaba mayores posibilidades frente a la adversidad, pensaba que tanto la nieve como el barro o la tierra podrían ser superadas de mejor forma sin zapatos; el calzado es un obstáculo y priva de los caminos que puedas tomar, decía; los pies fueron diseñados para sortear todo, con el calzado te limitas a una superficie específica. Evidentemente nunca había pensado en un viaje rocoso. Él no se quejaba y en silencio contemplaba la belleza del paisaje contrastada con el inepto andar de Ella. Ella era hermosa pero muy poco cuidada, solía dejar que el tiempo hiciera lo suyo y sólo se preocupaba de tener algo por lo que sonreír. Gustaba de mirar a los demás hasta que estos fijaran la vista en sí y luego desviaba la mirada sabiendo que la observarían por un buen momento. Era un juego, algo por lo cual sonreír. Él en cambio, cuidaba de su aspecto, era lo fundamental decía, siempre sobrio y distinguido solía evitar bromas, no siendo por esto un desagradable; era su forma de ser y se contentaba con ser así; en secreto admiraba de Ella su actitud indeterminada, Él nunca sería de esos... Él estaba para ordenar. 
El camino volvía a concentrar su atención cuando Ella le dijo: Cuida de tu cabeza- señalando grandes ramas de un viejo pino que caían como esperando abrazar a alguien. Él sin duda necesitaba su cabeza. Cedió una sonrisa fría a modo de agradecimiento. Habían pasado horas pero el tiempo se veía inatendido ante la marcha casi uniforme de los dos. Era una extraña época del año en que se concentran tanto la humedad como el calor, era un clima agradable que parecía ayudar a una mayor rapidez en el andar, si bien no iban al mismo ritmo pues cada tres pasos Él debía aguardarla uno a Ella, la coordinación que sólo pueden crear los años hacían de este detalle algo casi imperceptible. 
El camino comenzaba a endurecerse y Ella sin darse cuenta perdía parte de sus sonrisas. Él sin detenerse y con mayor confianza abrigó sus pies, se vistió y comenzó a hablar en un idioma extraño. No decía mucho ni importaba lo que decía... pero era triste oírlo hablar. Su paso comenzaba a tornarse un tanto más rápido y cada ciertos momentos Ella debía correr para alcanzarlo. El viaje tomó finalmente ribetes de carrera pero Ella no quería competir, sabía su valor y entendía la importancia de Él, pero nunca lo decía. Él decidió arremeter con un paso más firme. El suelo ya no era pedregoso, denotaba solidez. Era una especie de concreto casi inamovible, el cual Él sorteaba sin mayores preámbulos con su calzado. El clima dejaba de traspasar humedad para secarse sin más, no dejaba de ser agradable y las flores comenzaban a mostrar su belleza y colores. Ella a ratos se detenía a aprovechar la vista, a mirar el paisaje, a oír el viento. Era una de las mejores épocas y no entendía como Él no lograba detenerse a acompañarla. Él por su parte estaba preocupado de las razones, quería saber como ocurrían las cosas, cegado por el horizonte y las siluetas que lo descubrían. Él necesitaba llegar ahí; Él cumplía objetivos. Decidió disfrazar a Ella. Le puso ropas y calzado que no eran de su talla -no importará- pensó. Le cortó un par de flores y la invitó a seguir caminando y que bajo esa condición le entregaría las flores. Ella aceptó, y es que no se podía negar. Notaba algo extraño en la ropa, pero decidió no opinar por temor. Él ya era mucho más fuerte y cualquier queja sería inútil. Trataron de avanzar a la misma velocidad pero a ratos Él se olvidaba de Ella, y era en serio, suponía ir solo, creyendo que solo podría lograrlo. Ella en silencio caminaba tras sus pasos. Llegaron al lugar que dibujaban las siluetas y era un espectáculo de colores y formas, algo nunca antes visto por ambos. Ella se sorprendía de todo, y trataba de tocarlo todo; Él la detenía y le impedía acercarse a las nuevas formas que estaban descubriendo. Decidieron por fin hacerlo juntos, aunque Ella se vió en todo momento opacada. El frío que comenzaba a caer muy gradualmente hacía entender que la marcha debía continuar. A paso desigual pero constante partían. Atrás iban quedando las grandiosas montañas y ya solo se divisaban pequeñas colinas. Poco a poco el aspecto de todo se tornaba en matices ocre y la temperatura continuaba disminuyendo. Ya no se veía más que un paisaje casi similar a un llano. El silencio reinante hacía entender que no tenían nada que decirse. Se conocían hace bastante y sus cambios habían viajado con ellos. El paso se hacia cada vez más lento y volvían a encontrarse a un ritmo homogéneo. Ella decidió quitarse sus ropas y su calzado, nunca había entendido el porqué de ellos... Él agachó la cabeza dando a entender su error. A medida que caminaban el piso sugería un nuevo cambio, de a poco comenzaba a ser reconfortante dar cada nuevo paso, Ella convido a Él a despojarse del calzado; en primera instancia se negó... pero en un momento de descuido de Ella, caminó nuevamente descalzo. El blando camino era rodeado por pequeños arbusto y árboles pequeños, plagados ambos de hojas seca que caían ante el mínimo soplido.
Tenían claro que se acercaba el final y decidieron caminar de la mano, para así ajustar sus pasos a los del otro. El sol estaba por ponerse y el frío dejaba de ser importante. Las hojas caían sin tregua y hacían su propio camino amarillento a un costado de la blanda acera. La vista era bella sin lugar a dudas. Ella seguía siendo hermosa y continuaba sonriendo de vez en cuando. Él mostraba su seriedad y apretaba fuerte la mano de Ella, sabía que no debía dejarla escapar, temía que a esta altura del recorrido quedara solo.
El camino concluía y la blandura hacía que los pasos fueran imperceptibles. Ella cerró los y bajó la cabeza, con una ligera sonrisa decidió abrazarlo; Él atendió el abrazo y cerró los ojos. Se quedaron así por unos segundos y se dieron cuenta de que era el final. La Eternidad los esperaba a ambos, pero esta vez irían por caminos distintos, no esperaban encontrarse, sabían que esto acababa aquí. Ella tomó una hoja y después de mirarlo echo a correr con una sonrisa bellísima, Él intentó sonreír, pero sólo atinó a tomar sus zapatos y comenzar a caminar.

2 comentarios:

Johnnie Torres dijo...

Nueve de Agosto 2010.

Anónimo dijo...

Siempre que leo esto me da mucha pena :okay:

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