Me gustan las arañas. Las observo con paciencia científica, las veo realizar sus quehaceres. Las acompaño, las alimento y a veces las llevo a mi casa, para que puedan sentirse parte de una familia. Sé que son solitarias, por eso evito juntar a dos de ellas que no se conozcan entre sí. No las trato como mascotas, las veo más bien como compañeras y hablo de ellas en femenino pues considero que su manera de acercarse a mi es similar a un coqueteo. Cuando niño tuve muchas, no sé si podría asegurar que eran miles, pero vaya que fueron muchas. Yo sabía que la gente las mataba sin contemplaciones y eso siempre me pareció cuestionable, por lo que de cierta forma traté de crear un refugio de arañas, para salvaguardar la especie a un futuro ideal. Me gustaba saber que a pesar de ser más grande que ellas, ellas podían morderme y dejarme completamente parapléjico, esto era una suerte de acuerdo que teníamos, dado que al parecer ellas comprendían que también podía eliminarlas, aunque en mi caso mediante un pisotón. Nunca me mordió ninguna, nunca tuve la intención de matar a ninguna y las muertes estuvieron más cerca de ser accidentes que de acciones orientadas a acabar con sus vidas. En ese tiempo de compartir con arañas, solía dejarles un espacio en mi pieza para que pudieran realizar sus actividades diarias. Tejer, caminar, trepar y a veces saltar. Las arañas son muy buenas para saltar y hacer bromas. Duermen muy poco, puesto que saben que su vida es muy corta. Yo las dejaba habitando mi lugar, diciéndoles de forma clara que si se iban a ir, debían dejar al menos un mensaje. Nunca se fueron y cuando volvía siempre habían más. Les llevaba insectos para que pudieran nutrirse, y a las vegetarianas les daba la lechuga de mi almuerzo, nunca me gustó la lechuga. Si bien es claro que el cautiverio no era algo que las arañas escogieran, me llamaba la atención que siempre llegaran más y más a mi pieza, por lo que comprendí que ellas querían estar conmigo. Un día tuve tantas arañas que simplemente las dejé vivir ahí y cambié mi cama de lugar. Comencé a dormir en el patio bajo una lluvia de estrellas. En ese tiempo no existía la luz artificial y solo se escuchaban algunos grillos rondar mi cabeza. Al levantarme por las mañanas, iba a la pieza de las arañas para saludarlas, ellas solían quedarse en las noches tejiendo ropa para mi. Con el tiempo, no tuve más ropa que la hecha en tela de araña que a pesar de lo que se pueda creer, es bastante cómoda. A veces me acercaba a mirar como tejían, y se notaba que era un proceso agotador. Amplié el espacio para que no se sintieran prisioneras o esclavas y con los meses, ya no solo cubrían gran parte de mi casa, sino que comenzaron a llegar al patio. Tengo la teoría que cuando salía de mi casa, las arañas iban en busca de más arañas y se pasaban el dato para de esta forma colmar mi casa. Así, sin darme cuenta, estaba volviendo a llenar el mundo de arañas. De a poco se les agotó el espacio que brindaba mi casa en su conjunto y comenzó una gran migración: Argentina, Perú y Brasil en un comienzo. Luego de un mes, algunas terminaron por ir a Colombia y otras a Canadá. Las más tímidas se daban algunas vueltas antes de volver a la comodidad de mi hogar. Otras simplemente se agruparon y compraron pasajes en avión, quería llegar a Sudán, a Libia y a Hungría. Yo les recomendé ir a Asia, pues imaginaba que allí había miles de insectos, dada la cantidad de insecticidas con instrucciones en chino. Varias lo intentaron y de la mayoría no tuve más noticias. Sé que mis arañas recorrieron el mundo. Cada cierto tiempo las recuerdo, a cada una de ellas. Pienso que deben estar viejas y tejen a crochet. Quizás se dieron cuenta que comprar la lana era más económico que producirla desde sí mismas. Quizás se dieron cuenta que podían viajar gratis si se escabullían en la maleta de algún entomólogo. Quizás dejaron de saltar de forma circense y ahora son arañas rigurosamente trepadoras. Quizás ya no hacen bromas y duermen más que antes. Cuántas cosas habrán aprendido en todos estos años. Yo aprendí mucho de ellas y al parecer, fui un muy buen aliado y compañero. Hoy no tengo tantas arañas, pues es difícil llevarles el ritmo. Ellas lo saben, y lo comprenden. Pero siempre que las veo venir, no me puedo negar a darles una mano y las salvo de algún criminal que las intenta asesinar.
1 comentarios:
Me encantó...
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