Mira con cuidado a tu alrededor. ¿ No sientes como yo que algo te falta?
Quizás los dos somos inmortales y todavía no nos damos cuenta.
1 comentarios:
Anónimo
dijo...
Dicen que más allá de las montañas hay más montañas. Ahora sé que es verdad. Sé también que hay aguas eternas, mares infinitos, y mucha gente cuyo nombre a nadie importa. Miro hacia el cielo y te veo allí. Te veo llorar como un caracol aplastado, como lloraste cuando te ayudé a arrancar tu primer diente. Sí, te quería entonces. No sé por qué, cuando te miraba pensaba en hormigas rojas, ardientes. Quería que me clavaras las uñas y me dejaras sin sangre. No sé cuánto tiempo estaremos en el mar. En este pequeño barco hay conmigo otras treinta y seis almas desertoras. Llevamos como velas unas sábanas que ondean llenas de manchas de un rojo brillante. Cuando subí a bordo, me pareció poder oler todavía el semen y la inocencia perdida de aquellas sábanas. Levanto los ojos y pienso en ti y en cuantas veces te resististe. A veces parecía que lo desearas, pero siempre supe que querías que te respetase. Pensabas que te estaba poniendo a prueba, cuando lo único que yo deseaba era estar cerca de ti. Pero tal vez tengas tú razón. Fantaseo demasiado. Me temo que voy a tener pesadillas cuando nos adentremos en el mar. Odio de veras tener todo el día el sol en la cara. Si volvemos a encontrarnos, verás lo moreno que estoy. Ahora que me he ido, seguro que tu padre te casa con alguien. Hagas lo que hagas, no te cases con un soldado, por favor. Casi no son humanos.
1 comentarios:
Dicen que más allá de las montañas hay más montañas. Ahora sé que es verdad. Sé también que hay aguas eternas, mares infinitos, y mucha gente cuyo nombre a nadie importa. Miro hacia el cielo y te veo allí. Te veo llorar como un caracol aplastado, como lloraste cuando te ayudé a arrancar tu primer diente. Sí, te quería entonces. No sé por qué, cuando te miraba pensaba en hormigas rojas, ardientes. Quería que me clavaras las uñas y me dejaras sin sangre. No sé cuánto tiempo estaremos en el mar. En este pequeño barco hay conmigo otras treinta y seis almas desertoras. Llevamos como velas unas sábanas que ondean llenas de manchas de un rojo brillante. Cuando subí a bordo, me pareció poder oler todavía el semen y la inocencia perdida de aquellas sábanas. Levanto los ojos y pienso en ti y en cuantas veces te resististe. A veces parecía que lo desearas, pero siempre supe que querías que te respetase. Pensabas que te estaba poniendo a prueba, cuando lo único que yo deseaba era estar cerca de ti. Pero tal vez tengas tú razón. Fantaseo demasiado. Me temo que voy a tener pesadillas cuando nos adentremos en el mar. Odio de veras tener todo el día el sol en la cara. Si volvemos a encontrarnos, verás lo moreno que estoy. Ahora que me he ido, seguro que tu padre te casa con alguien. Hagas lo que hagas, no te cases con un soldado, por favor. Casi no son humanos.
Edwidge Danticat. Hijos del mar.
Publicar un comentario