Veinte.

Estaba experimentando al escribir una especie de ensayo con una clara influencia en Rayuela. Lo dejé de lado en el momento que noté la fecha. Vaya, cómo pasa el tiempo.
Y yo sigo dándole importancia a las cosas que no le importan a nadie.

Mañana con ustedes: un sueño con poesía y absurdo.
Hoy simplemente me iré a dormir.

Sutura.

Los planes se escapan. Los viajes son eternos, y volver a verte a veces se vuelve una odisea de sangre y furia. No nos sentimos preparados para rompernos los dientes ni menos a sentir como nuestra carne cae al piso rebanada de manera fugaz. Rompemos todo nuestro entorno en trozos de piel humectada en rojo y el azar nos sonríe irónicamente mientras dejamos escapar el día en un hospital. Me vi la suerte entre premuertos; zombies como yo. A uno lo había atropellado un camión mientras gritaba auxilio en su bicicleta. El otro escupía sangre al haber dejado de lado sus tratamiento para superar dignamente el SIDA. El otro me contaba entre risas que su estado era un "simple" corte de 30cm en su antebrazo izquierdo mientras manipulaba una pulidora. Yo estaba parado como un tonto, con un trozo de labio como péndulo entre mi boca, que agónicamente sobrevivía entre los coágulos y el dolor. La sangre se secaba de a poco en mis dientes hundidos y mi orgullo había quedado botado en aquella esquina del accidente. Me sentía como en un purgatorio a la espera de una condena. Me sentía condenado de estar allí; condenado de no haber hecho un pacto, condenado de no haber vuelto a ver tus ojos, condenado de no haber dicho esa última verdad, condenado de ser un mal ejemplo, condenado de ser un pésimo amigo, de tener un mal carácter, de fumar más de la cuenta, de golpear aquel compañero de curso, de haber mentido esa vez, de haber sufrido tanto la pérdida... Me sentía condenado de estar en ese lugar por la condena que implícita se comía a los premuertos. Un médico rondaba sin mayor interés. "Aquí sólo podemos confiar en el Señor" dijo una mujer cristiana que sostenía el brazo de su padre, quien a duras penas se mantenía vivo. Yo no soy cristiano, pero recuerdo que en el momento del golpe pensé en tener algo más allá: tener esa fe que mantiene la cordura y pasividad, una certeza de estar siendo el plan divino de un ser superior y no el juego de la mala suerte. Saber que si caes habrá algo que te sostenga. Yo no tenía nada. Sólo rondaba en culpa y cuestionaba mis cálculos. Sí hubiese salido cinco segundos más tarde, si hubiese cruzado ese semáforo en verde, si tan solo la bicicleta se hubiese pinchado o desinflado. Cada implicancia era una sumatoria al destino, a la suerte, al final. Tenía miedo en el momento de sentir que no saldría igual que como entré; de cierta forma es algo similar al arriendo de un objeto en que sabes que debes pagar cada detalle que el objeto tenía antes del contrato. Los cristianos ven en sus cuerpos el pecado, somos hijos de ese pecado original en el que nuestra participación estuvo vetada pero nuestra culpabilidad está impresa, a ellos no les preocupa el "paso" por esta materialidad, ellos buscan la trascendencia del alma. Mi alma está intacta, mi cuerpo es el dañado. Saldaré mi cuenta de tal forma, que parezca que no fue tan suave mi error. Choqué de frente contra ese imbécil que salió entre dos automóviles y lo único que pienso es que quiero salir de este lugar triste. Que quiero volver atrás al momento en que decidí tomar esa curva en el semáforo. Quizás antes, cuando estaba comprando un jugo en el supermercado y no presté atención a los demás. O antes, al momento en que inscribí la bicicleta al llegar a la universidad. Me gustaría volver un segundo antes al día en que me levanté pensando que sería buen plan estudiar Derecho. Volver al momento en que soñé que estaba haciendo bien las cosas. Volver a un diez de Agosto. Volver a todo momento; me gustaría volver a vivir toda mi vida con el placer de la conciencia presente. Con la complicidad del futuro. Con el gusto de la predicción. Tengo que empezar de nuevo lamentablemente, aunque de cierta forma me alivia saber que en mis pensamientos incluso, se gesta de manera imposible la realización de un pasado. Estoy viviendo el ahora, en que mi boca está destrozada y cuelga un trozo de mi labio empapado en sangre. Por fortuna mis dientes sólo están resentidosy la sensación de hundimiento fue sólo eso, una sensación. Me preguntaron si iba dejar de usar la bicicleta tras esto. Supongo que ellos tampoco entienden cómo funciona este mundo y la puta vida. Tuve un accidente nada más, tuve un puto accidente en la bicicleta nada más.
Los espacios reducidos acompañan los malos momentos. Es una dualidad casi lógica y consecuente. El error es casi un acto de egoísmo puro, en donde la introversión positiva de un asunto acaba por contrarrestar el deseo de expansión material o ambiental. En palabras más simples, es una búsqueda eterna del YO como responsable de aquella falta de criterio. Si de cierta manera pudiéramos canalizar toda esa energía en una especie de ubicación geográfica, el hombre que ha caído en su contraversión se sitúa en en centro de una habitación con mucha luz pero de reducidas dimensiones. Salir de allí no es el problema cuando se debe entender lo que precisamente nos hace el estar en aquel lugar. El problema no es otro que el sentir la desnudez frente a una luz que quema. Estar desnudos en el interior del útero. Volver a nacer comiendo tierra. Sufriendo la tierra en los ojos, que te impide soñar y que no nos deja parpadear.
¿Dejarse llevar o mantenerse al margen? Siempre me ha parecido difícil encontrar esa línea que separa la cordura del amor propio. O el deseo, de la honestidad.
Quizás no estoy hecho para ser de una sola línea.