Nori

       Se desplaza como un dolor, pero es más bien hijo del placer, de los sueños y las locuras. Absorbe poco a poco los sentidos opacando la luz de los aromas, corrompe el total de los elementos y elimina uno por vez hasta dejarnos en negro. Blanco es el color, no negro; la sensación se acerca más bien a la luz, al fuego, a la pasión, a perderlo todo en un gigante incendio, que comienza desde dentro como una pequeña gota de excitación. El cuerpo se somete a sus propios órdenes, y el práctico ejercicio del control se diluye entre la furia y el saber, entre lo animal y lo robótico. Se extingue el humano, se destruye el mamífero, se acaba el ser, se somete al niño, se limita al hombre, se niega a la mujer.

A veces pienso que todo es parte del ritmo constante, del silencio eterno o de ese movimiento universal que nos parece imperceptible. No soy sino incapaz de creer, hasta perderme en la explosión. Generar la latencia, abrir la conciencia, cerrar los ojos y soñar. Imaginar que no existe nada de lo que nos parece tan cercano, tan real, tan cierto; a la vez es tan efímero, etéreo, vano, mezquino y perdido. El no tener nada es aún más apasionante que cualquier sensación de fuego, cualquier incendio interior; la nada nos está diciendo que nada hay para perder, simplemente hay que saber jugar con los elementos.

Toda mi vida he sido víctima de mi propio plagio, me copio una y otra vez las ideas para asumir que de esta manera estoy sintiendo, que estoy siendo parte del orden real. En otras palabras, me copio para saber que estoy siendo. ¿Qué es sentir de cualquier forma? Un sentir es un dejar ser, un no limitar, no un dejarse llevar, sino ser director de la marea que lleva a otros. Ir contra la corriente nunca es sentir, pero sí navegar a favor. El sentir es un favor que se comparte, por lo que peca de ser destructible por más de uno. Romper, caer, perder, morir, dejar, olvidar. Olvidar un sentir, sin embargo, es imposible.

Bajar la intensidad, dejar de pensar, intentar detenerlo. ¿Es que acaso no se entiende? el sentir no se detiene, el sentir no se limita, no se prescinde de él. Se enciende y no se apaga, por eso tiene aspecto de dolor, un punzante espacio entre los dientes y la boca, un escurridizo camino entre el cuello y los lunares, las alas y los ojos. Acorrala las manos entre los cabellos, ahorca la respiración entre los olores y aromas, y se matiza entre pulsaciones inexactas. Recuerdo mucho esa sensación.
Sonríes esta mañana.
Sonreirás siempre.
Ellos
         
           Si bien es cierto que cada uno de ellos estaba envuelto en una historia diferente, todos tenían en común la facilidad con la que lograron entablar y sostener sus argumentos históricos: Un Árabe, dos caballeros Templarios, un Nazi, un hombre del comienzo del Universo; estelar como gustaba ser referido y una ancestral machi de mesoamérica.
Me gustan las arañas. Las observo con paciencia científica, las veo realizar sus quehaceres. Las acompaño, las alimento y a veces las llevo a mi casa, para que puedan sentirse parte de una familia. Sé que son solitarias, por eso evito juntar a dos de ellas que no se conozcan entre sí. No las trato como mascotas, las veo más bien como compañeras y hablo de ellas en femenino pues considero que su manera de acercarse a mi es similar a un coqueteo. Cuando niño tuve muchas, no sé si podría asegurar que eran miles, pero vaya que fueron muchas. Yo sabía que la gente las mataba sin contemplaciones y eso siempre me pareció cuestionable, por lo que de cierta forma traté de crear un refugio de arañas, para salvaguardar la especie a un futuro ideal. Me gustaba saber que a pesar de ser más grande que ellas, ellas podían morderme y dejarme completamente parapléjico, esto era una suerte de acuerdo que teníamos, dado que al parecer ellas comprendían que también podía eliminarlas, aunque en mi caso mediante un pisotón. Nunca me mordió ninguna, nunca tuve la intención de matar a ninguna y las muertes estuvieron más cerca de ser accidentes que de acciones orientadas a acabar con sus vidas. En ese tiempo de compartir con arañas, solía dejarles un espacio en mi pieza para que pudieran realizar sus actividades diarias. Tejer, caminar, trepar y a veces saltar. Las arañas son muy buenas para saltar y hacer bromas. Duermen muy poco, puesto que saben que su vida es muy corta. Yo las dejaba habitando mi lugar, diciéndoles de forma clara que si se iban a ir, debían dejar al menos un mensaje. Nunca se fueron y cuando volvía siempre habían más. Les llevaba insectos para que pudieran nutrirse, y a las vegetarianas les daba la lechuga de mi almuerzo, nunca me gustó la lechuga. Si bien es claro que el cautiverio no era algo que las arañas escogieran, me llamaba la atención que siempre llegaran más y más a mi pieza, por lo que comprendí que ellas querían estar conmigo. Un día tuve tantas arañas que simplemente las dejé vivir ahí y cambié mi cama de lugar. Comencé a dormir en el patio bajo una lluvia de estrellas. En ese tiempo no existía la luz artificial y solo se escuchaban algunos grillos rondar mi cabeza. Al levantarme por las mañanas, iba a la pieza de las arañas para saludarlas, ellas solían quedarse en las noches tejiendo ropa para mi. Con el tiempo, no tuve más ropa que la hecha en tela de araña que a pesar de lo que se pueda creer, es bastante cómoda. A veces me acercaba a mirar como tejían, y se notaba que era un proceso agotador. Amplié el espacio para que no se sintieran prisioneras o esclavas y con los meses, ya no solo cubrían gran parte de mi casa, sino que comenzaron a llegar al patio. Tengo la teoría que cuando salía de mi casa, las arañas iban en busca de más arañas y se pasaban el dato para de esta forma colmar mi casa. Así, sin darme cuenta, estaba volviendo a llenar el mundo de arañas. De a poco se les agotó el espacio que brindaba mi casa en su conjunto y comenzó una gran migración: Argentina, Perú y Brasil en un comienzo. Luego de un mes, algunas terminaron por ir a Colombia y otras a Canadá. Las más tímidas se daban algunas vueltas antes de volver a la comodidad de mi hogar. Otras simplemente se agruparon y compraron pasajes en avión, quería llegar a Sudán, a Libia y a Hungría. Yo les recomendé ir a Asia, pues imaginaba que allí había miles de insectos, dada la cantidad de insecticidas con instrucciones en chino. Varias lo intentaron y de la mayoría no tuve más noticias. Sé que mis arañas recorrieron el mundo. Cada cierto tiempo las recuerdo, a cada una de ellas. Pienso que deben estar viejas y tejen a crochet. Quizás se dieron cuenta que comprar la lana era más económico que producirla desde sí mismas. Quizás se dieron cuenta que podían viajar gratis si se escabullían en la maleta de algún entomólogo. Quizás dejaron de saltar de forma circense y ahora son arañas rigurosamente trepadoras. Quizás ya no hacen bromas y duermen más que antes. Cuántas cosas habrán aprendido en todos estos años. Yo aprendí mucho de ellas y al parecer, fui un muy buen aliado y compañero. Hoy no tengo tantas arañas, pues es difícil llevarles el ritmo. Ellas lo saben, y lo comprenden. Pero siempre que las veo venir, no me puedo negar a darles una mano y las salvo de algún criminal que las intenta asesinar.
 Arroz      

             A veces las historias no tienen un comienzo y uno espera que de la misma forma no tengan un final. Nuestro ciclo, que se repite en la mayoría de los procesos, es también parte de este vaivén intermitente que compone una serie de sucesos que se contemplan mejor a la distancia. Generalmente, es complicado reducir los hechos a una enumeración tautológica que logre concentrar el total de lo que se desea decir. Incluso asumir la practica de una secuencia en la que se pueda mencionar el momento justo, el instante de quiebre, el hecho que marcó el resto de la historia se vuelve fútil. Es cierto, quizás hasta hace un tiempo me hubiese atrevido a realizar dicho ejercicio; una empresa que ahora me parece fastidiosa y sin un mérito aparente. Tiempo atrás, hubiese sido capaz de cuestionar cada suceso como una enmarañada puesta en escena que siempre debe regirse por la lógica del orden introductorio, expositivo y finalmente conclusivo. Encontrar esa razón única siempre fue mi meta, mi misión, el deber hacer y en ello se mantenía todo anhelo descriptivo. Quizás hoy no considero este procedimiento como válido ni pertinente. Últimamente no es justo negar, ni menos callar. Implícitamente sé que soy responsable de las mayores dualidades y quizás las más claras inconsecuencias, pero me siento tan consciente que nada es más fuerte que el tener los ojos abiertos, tener el espíritu claro y pensar sin limitaciones. Es el pensar mucho las cosas lo que me trajo hasta aquí, pero ya no puede ser sino un recuerdo o una experiencia. Recuerdo que se sustenta en el agotamiento de las posibilidades, eliminadas una a una; pero de las que no me siento capaz de escribir pues no quiero coartar ninguna opción, siento que somos capaces de hacer y de pensar, de actuar y de fingir a tal punto que lo escrito no será sino el mayor de los impedimentos para su desarrollo. Osaré actuar de forma presuntuosa al señalar que mis valores que están por sobre lo superficial, pero es claro que no me refiero a algo muy simple de comprender. Vuelvo a "creer" luego de una vida completa de "pensar", y vuelvo a pensar todo lo que no estuve dispuesto a creer. Estoy dispuesto y quizás actuando mal, pero poco importa. Realmente no importa, dado que no existen roles ni papeles que asumir, pues somos libres de improvisar, de caminar, de bailar y reír. Faltarán horas a los días, pues nos estamos dando cuenta que el tiempo siempre ha estado. Estamos conscientes. Libres. Infatigables. Zigzagueantes.