Cebolla
Era una sonrisa triste, creo que eso fue lo que más me marcó.
Las personas vienen y van sin prestar mucha atención a su alrededor, suelen ir
como ovejas, analogía que por cierto está un poco deshabituada, pues nosotros
hicimos de las ovejas lo que hemos terminado por hacer con nosotros mismos; un
rebaño. No soy una autoridad ni menos pienso en dejar una huella de razón o de
cordura, sólo veo y describo lo que siento. A esta altura, cuando siento el karma a mi favor, las emociones fluyendo
libremente como el viento en la cordillera, sorteando riscos y escarpando la
nieve de la cima. Es esta vida un pequeño reflejo de lo que queremos que sea, y
así es nada más. No pensaba en someterme a una sensación expiatoria, pero los
recuerdos son como películas viejas, malgastadas cintas que de a poco se van
decolorando; que el tiempo irá borrando, cuadro por cuadro. Es inalterable el
rumbo de los cielos, así como vemos caer hay quienes aún no han tocado el piso,
y es eso lo que me angustia. Sonreía, a ratos. Eran dos, pero como uno solo,
eran uno, eso es verdad. No sé quién era el que estaba demás en la imagen. Se
puede decir que los errores ocurren cuando alguien o algo está en el lugar y en
el momento inadecuado, quizás yo estaba demás en aquel vagón. La suciedad no es
lo cuestionable, la pobreza y lo denigrante no es parte de esta historia. Es la indiferencia y la menesterosidad. No habrá quien duerma con una
idea tan precaria del sentimiento de libertad como yo tengo ahora. No me siento
parte de ese recuerdo, como si realmente yo era quien estaba demás, el testigo
que se hace parte por error. Por estar en el lugar y en el momento inadecuado.
Los juegos eran con monedas, de las más pequeñas, las que desechamos en vano y
en vanos placeres. Nominalmente todo el
dinero valdrá lo mismo, aunque sabemos que no es así. Eran 30 pesos. un juguete
puede costar cien veces ese valor, el consuelo para ese niño es jugar con
monedas, con las pequeñas. Brillantes objetos de deseo, que para una mente
frágil son un pequeño alivio a la jornada. Son detalles los que hacen de las
cosas bellas, y detalles pueden acabar con la belleza a su nivel y en una
medida que representativamente ha
costado menos que treinta pesos para mi. No sé en qué momento dejé de mirar, me
parece que nunca lo hice. La manada siguió aumentando la carga del vagón, y en
sus dos significados, pues era un
verdadero agobio, un peso demás. La vida nos enseña que somos libres para
mantenernos atados a esa idea, supongo que de esa forma sabemos que nada además
de nosotros mismos, es un problema que importe; de hecho, es de esa misma
manera que nos convertimos en un masa uniforme de miradas secas por el
agotamiento y el estrés. No miramos a
nuestro alrededor porque no nos importa. Somos autónomos, somos seres
independientes que dejamos de actuar como animales, para volvernos tan humanos
que olvidamos como se puede sentir el otro. Mis entrañas eran un cúmulo de
zozobra, o desasosiego, quizás. De hecho en instancias como esta es cuando me
doy cuenta de la enormidad de palabras que pueden servir para expresar una
sensación de malestar, quizás indica que nos gusta sufrir. Las miradas eran de
desagrado. Un hombre sucio es una persona descuidada, pobre para muchos. La
pobreza debería medirse en el espíritu, pero vaya, ¿quién puede creer en eso en
estos días tan racionales y prácticos?
Hoy el ser humano puede llegar al espacio, y puede comunicarse con cualquier
parte del mundo con sólo un botón. Podemos guardar miles de libros en nuestro
computador, pero ¿de qué sirve si no somos capaces de leer una mirada? No somos
una especie, somos una idea abstracta de sociedad. Somos la suciedad que
rechazamos porque nos recuerda lo que no podemos ser, una invariable imagen de
la mala fortuna, culpa del destino o de las circunstancias. No me molesta, ni
nos molestará. Hemos creado un Dios que nos salvará. El hombre bajó su mirada
para terminar su viaje. Él era quién debía apartarse ante las personas, para
todos él y su niño estaban demás. La mala ventura de aquellos que arruinaron su
regreso a casa con una desagradable compañía, volverán a sentirse bien apenas
vean la nueva miseria de tecnología, o bien los salude amablemente su jefe. No
es odio, debo insistir, es un lamento eterno por no querer ser parte de una
multitud indiferente, de una mustia sonrisa ante la mirada de desagrado de los
demás.
Nadie sabrá que ocurrió, quizás todo pasó demasiado rápido. No fue agónico, más
bien fue una puñalada doble al orgullo y a la falsa caridad. No es su culpa
viajar esquivándonos. Es la nuestra que
corremos ante el desconsuelo.
Seguiré creyendo que fue mi error el subir a ese vagón.