El anonimato como símbolo del interés. Como ejemplo de la timidez. Como ejercicio de la sensatez.
Me desharé en eufemismos para indicar la paciencia con la que aguardo. Si bien era consciente, siempre me mostré presto al fracaso de mi empresa. Estuve meses aguardando un momento de claridad, quizás el tiempo más importante de mi vida y que acompañé al cuestionamiento mediante una profunda reflexión que carecía de riendas. Faltaba el fulminante, como siempre, no pude sino aguardar una colosal marca de simbolismo. Un ejemplo a la historia. Historia que somete. Anónimos que se deshacen en espera. Pero que se entregan como mártires de lo reflexivo.
El anónimo como carente de valentía. Como motor de la rebeldía. Como espectador de la entropía.
Me deshago de los elogios. Esto es creación de todos. No tiene apellido. 

Tienes cara de rata. Antes le temía a las ratas.
Ahora no.
C.
- ¿Tiene nombre? 
- No lo necesita. Es una idea.
Me encanta la forma de tu mente.
Alucinaciones. ¿Te nos unes?
Un poco decepcionante esto de no estar decepcionado.
¿Apuesto a que dejaste de cabalgar? nunca fuiste un caballero, esa es la verdad.
No lo puedo negar, soy un hombre feliz.
-Espera, las cosas no funcionarán solo porque tienes vagina.

Notable.
Deles lo que quieren. Aliméntelos de su furia. Hágales creer que serán felices y nobles. Hágalos comer desde su mano. Esclavos.
Extinguido.
Sofocante.


Nori

       Se desplaza como un dolor, pero es más bien hijo del placer, de los sueños y las locuras. Absorbe poco a poco los sentidos opacando la luz de los aromas, corrompe el total de los elementos y elimina uno por vez hasta dejarnos en negro. Blanco es el color, no negro; la sensación se acerca más bien a la luz, al fuego, a la pasión, a perderlo todo en un gigante incendio, que comienza desde dentro como una pequeña gota de excitación. El cuerpo se somete a sus propios órdenes, y el práctico ejercicio del control se diluye entre la furia y el saber, entre lo animal y lo robótico. Se extingue el humano, se destruye el mamífero, se acaba el ser, se somete al niño, se limita al hombre, se niega a la mujer.

A veces pienso que todo es parte del ritmo constante, del silencio eterno o de ese movimiento universal que nos parece imperceptible. No soy sino incapaz de creer, hasta perderme en la explosión. Generar la latencia, abrir la conciencia, cerrar los ojos y soñar. Imaginar que no existe nada de lo que nos parece tan cercano, tan real, tan cierto; a la vez es tan efímero, etéreo, vano, mezquino y perdido. El no tener nada es aún más apasionante que cualquier sensación de fuego, cualquier incendio interior; la nada nos está diciendo que nada hay para perder, simplemente hay que saber jugar con los elementos.

Toda mi vida he sido víctima de mi propio plagio, me copio una y otra vez las ideas para asumir que de esta manera estoy sintiendo, que estoy siendo parte del orden real. En otras palabras, me copio para saber que estoy siendo. ¿Qué es sentir de cualquier forma? Un sentir es un dejar ser, un no limitar, no un dejarse llevar, sino ser director de la marea que lleva a otros. Ir contra la corriente nunca es sentir, pero sí navegar a favor. El sentir es un favor que se comparte, por lo que peca de ser destructible por más de uno. Romper, caer, perder, morir, dejar, olvidar. Olvidar un sentir, sin embargo, es imposible.

Bajar la intensidad, dejar de pensar, intentar detenerlo. ¿Es que acaso no se entiende? el sentir no se detiene, el sentir no se limita, no se prescinde de él. Se enciende y no se apaga, por eso tiene aspecto de dolor, un punzante espacio entre los dientes y la boca, un escurridizo camino entre el cuello y los lunares, las alas y los ojos. Acorrala las manos entre los cabellos, ahorca la respiración entre los olores y aromas, y se matiza entre pulsaciones inexactas. Recuerdo mucho esa sensación.
Sonríes esta mañana.
Sonreirás siempre.
Ellos
         
           Si bien es cierto que cada uno de ellos estaba envuelto en una historia diferente, todos tenían en común la facilidad con la que lograron entablar y sostener sus argumentos históricos: Un Árabe, dos caballeros Templarios, un Nazi, un hombre del comienzo del Universo; estelar como gustaba ser referido y una ancestral machi de mesoamérica.
Me gustan las arañas. Las observo con paciencia científica, las veo realizar sus quehaceres. Las acompaño, las alimento y a veces las llevo a mi casa, para que puedan sentirse parte de una familia. Sé que son solitarias, por eso evito juntar a dos de ellas que no se conozcan entre sí. No las trato como mascotas, las veo más bien como compañeras y hablo de ellas en femenino pues considero que su manera de acercarse a mi es similar a un coqueteo. Cuando niño tuve muchas, no sé si podría asegurar que eran miles, pero vaya que fueron muchas. Yo sabía que la gente las mataba sin contemplaciones y eso siempre me pareció cuestionable, por lo que de cierta forma traté de crear un refugio de arañas, para salvaguardar la especie a un futuro ideal. Me gustaba saber que a pesar de ser más grande que ellas, ellas podían morderme y dejarme completamente parapléjico, esto era una suerte de acuerdo que teníamos, dado que al parecer ellas comprendían que también podía eliminarlas, aunque en mi caso mediante un pisotón. Nunca me mordió ninguna, nunca tuve la intención de matar a ninguna y las muertes estuvieron más cerca de ser accidentes que de acciones orientadas a acabar con sus vidas. En ese tiempo de compartir con arañas, solía dejarles un espacio en mi pieza para que pudieran realizar sus actividades diarias. Tejer, caminar, trepar y a veces saltar. Las arañas son muy buenas para saltar y hacer bromas. Duermen muy poco, puesto que saben que su vida es muy corta. Yo las dejaba habitando mi lugar, diciéndoles de forma clara que si se iban a ir, debían dejar al menos un mensaje. Nunca se fueron y cuando volvía siempre habían más. Les llevaba insectos para que pudieran nutrirse, y a las vegetarianas les daba la lechuga de mi almuerzo, nunca me gustó la lechuga. Si bien es claro que el cautiverio no era algo que las arañas escogieran, me llamaba la atención que siempre llegaran más y más a mi pieza, por lo que comprendí que ellas querían estar conmigo. Un día tuve tantas arañas que simplemente las dejé vivir ahí y cambié mi cama de lugar. Comencé a dormir en el patio bajo una lluvia de estrellas. En ese tiempo no existía la luz artificial y solo se escuchaban algunos grillos rondar mi cabeza. Al levantarme por las mañanas, iba a la pieza de las arañas para saludarlas, ellas solían quedarse en las noches tejiendo ropa para mi. Con el tiempo, no tuve más ropa que la hecha en tela de araña que a pesar de lo que se pueda creer, es bastante cómoda. A veces me acercaba a mirar como tejían, y se notaba que era un proceso agotador. Amplié el espacio para que no se sintieran prisioneras o esclavas y con los meses, ya no solo cubrían gran parte de mi casa, sino que comenzaron a llegar al patio. Tengo la teoría que cuando salía de mi casa, las arañas iban en busca de más arañas y se pasaban el dato para de esta forma colmar mi casa. Así, sin darme cuenta, estaba volviendo a llenar el mundo de arañas. De a poco se les agotó el espacio que brindaba mi casa en su conjunto y comenzó una gran migración: Argentina, Perú y Brasil en un comienzo. Luego de un mes, algunas terminaron por ir a Colombia y otras a Canadá. Las más tímidas se daban algunas vueltas antes de volver a la comodidad de mi hogar. Otras simplemente se agruparon y compraron pasajes en avión, quería llegar a Sudán, a Libia y a Hungría. Yo les recomendé ir a Asia, pues imaginaba que allí había miles de insectos, dada la cantidad de insecticidas con instrucciones en chino. Varias lo intentaron y de la mayoría no tuve más noticias. Sé que mis arañas recorrieron el mundo. Cada cierto tiempo las recuerdo, a cada una de ellas. Pienso que deben estar viejas y tejen a crochet. Quizás se dieron cuenta que comprar la lana era más económico que producirla desde sí mismas. Quizás se dieron cuenta que podían viajar gratis si se escabullían en la maleta de algún entomólogo. Quizás dejaron de saltar de forma circense y ahora son arañas rigurosamente trepadoras. Quizás ya no hacen bromas y duermen más que antes. Cuántas cosas habrán aprendido en todos estos años. Yo aprendí mucho de ellas y al parecer, fui un muy buen aliado y compañero. Hoy no tengo tantas arañas, pues es difícil llevarles el ritmo. Ellas lo saben, y lo comprenden. Pero siempre que las veo venir, no me puedo negar a darles una mano y las salvo de algún criminal que las intenta asesinar.
 Arroz      

             A veces las historias no tienen un comienzo y uno espera que de la misma forma no tengan un final. Nuestro ciclo, que se repite en la mayoría de los procesos, es también parte de este vaivén intermitente que compone una serie de sucesos que se contemplan mejor a la distancia. Generalmente, es complicado reducir los hechos a una enumeración tautológica que logre concentrar el total de lo que se desea decir. Incluso asumir la practica de una secuencia en la que se pueda mencionar el momento justo, el instante de quiebre, el hecho que marcó el resto de la historia se vuelve fútil. Es cierto, quizás hasta hace un tiempo me hubiese atrevido a realizar dicho ejercicio; una empresa que ahora me parece fastidiosa y sin un mérito aparente. Tiempo atrás, hubiese sido capaz de cuestionar cada suceso como una enmarañada puesta en escena que siempre debe regirse por la lógica del orden introductorio, expositivo y finalmente conclusivo. Encontrar esa razón única siempre fue mi meta, mi misión, el deber hacer y en ello se mantenía todo anhelo descriptivo. Quizás hoy no considero este procedimiento como válido ni pertinente. Últimamente no es justo negar, ni menos callar. Implícitamente sé que soy responsable de las mayores dualidades y quizás las más claras inconsecuencias, pero me siento tan consciente que nada es más fuerte que el tener los ojos abiertos, tener el espíritu claro y pensar sin limitaciones. Es el pensar mucho las cosas lo que me trajo hasta aquí, pero ya no puede ser sino un recuerdo o una experiencia. Recuerdo que se sustenta en el agotamiento de las posibilidades, eliminadas una a una; pero de las que no me siento capaz de escribir pues no quiero coartar ninguna opción, siento que somos capaces de hacer y de pensar, de actuar y de fingir a tal punto que lo escrito no será sino el mayor de los impedimentos para su desarrollo. Osaré actuar de forma presuntuosa al señalar que mis valores que están por sobre lo superficial, pero es claro que no me refiero a algo muy simple de comprender. Vuelvo a "creer" luego de una vida completa de "pensar", y vuelvo a pensar todo lo que no estuve dispuesto a creer. Estoy dispuesto y quizás actuando mal, pero poco importa. Realmente no importa, dado que no existen roles ni papeles que asumir, pues somos libres de improvisar, de caminar, de bailar y reír. Faltarán horas a los días, pues nos estamos dando cuenta que el tiempo siempre ha estado. Estamos conscientes. Libres. Infatigables. Zigzagueantes.

Uno menos.
Albert.

Tres años en aquella habitación nauseabunda y rodeado de sus apuntes y notas le impedían cuestionar la vida real. Se las había ingeniado para mantener un abastecimiento semanal por parte de un grupo de niños adictos que a cambio de un par de billetes le llevaban sopas instantáneas que robaban del supermercado. Entre sueños, caprichos y lecturas de mundos futuros poco tiempo le iba quedando para dormir una noche completa. El día pasaba como un resumen del anterior, en que cada movimiento parecía sacado de un guión previamente audicionado por sus cinco alarmas de incendio que alertaban cada cigarrillo que encendía. Es correcto precisar que no fumaba, simplemente realizaba el ejercicio como una repetición de lo que veía en televisión. Dejaba consumir cada cigarrillo entre sus dedos, consumido, por cierto, por los programas de ciencia a ficción de un canal de cable que era captado a duras penas por su antena. Tras recibir una encomienda por equivocación a su puerta el 29 de Octubre a manos de un hombre delgado y con aspecto de alcohólico, Albert Handman abandonó su morada en busca del verdadero destinatario del paquete cuyo sello postal indicaba a Polonia por procedencia. Un par de garabatos bajo un sello vulnerado representaban un desafío aun para un especialista en peritajes caligráficos, pero Albert limitó sus opciones a los residentes del edificio que habitaba y recordó de inmediato a su antiguo médico, un extraño Psiquiatra era un inmigrante polaco. En una pequeña y sobria placa junto al timbre el "Dr.Harold Sirakov" hacía honor a su título en su departamento número 208; poco se sabía de él más que su procedencia europea, que se hacía evidente al escucharlo hablar. Sirakov era un hombre de trato rígido y con voz grave, solía vestir camisas oscuras que hacían el perfecto contraste con su pálido rostro. Ojos severos, como si hubiesen visto de todo durante su vida, un rostro sólido que se formaba entre pequeñas pero firmes arrugas gestuales. De gran tamaño y cuerpo robusto, el polaco salía muy poco de su consulta y en general era una persona bastante reservada. La figura tras Sirakov era un mito formado por la cantidad de rumores que circulaba sobre sí. Handman conocía algo más al psiquiatra, dado que éste había tratado durante varios meses su insomnio, pero sin lograr dar con un tratamiento adecuado. Durante el periodo que lo asistió, se vio enfrentado a la actitud restrictiva de Handman, que se negaba a considerar válida cualquier intervención de "cuerpos extraños", como solía definir inyecciones y fármacos, por lo que ya en el última etapa solo se ciñó a señalar los riesgos que acarrea el hecho de dejar pasar días completos en vela, y le sugirió a Albert comenzar un régimen de comidas livianas. Handman estimó que aquello corrompía varios aspectos de su libertad, por lo que concluyó sus visitas semanales a solo una mensual que al cabo de un tiempo significaría el alejamiento total de cualquier ojo externo a la realización de su vida.
Albert golpeó la puerta del psiquiatra en una suerte de clave, de tal forma que Sirakov supiera de qué se trataba todo el asunto.
24 Horas.
Hay una mujer persona a la que nunca le dije la verdad. Soy un tonto.
Me daba cuenta entre risas y sorpresa de las relaciones gangteriles de soldados de droga, gente de poblaciones, seguidores del fútbol y ladrones... mientras alguien escribía sobre los pensamientos, pero los de su propia conciencia, Cómo traidores de la ferrea fuerza policial, compuesta por el grupo simil pero del lado positivo: clase media, con un cabro en la universidad, endeudado, con poca pega... haciendo entrever el cómo de sus pensamientos divagaba entre ideas confusas y múltiples voces, los haces pelear, les creas muchas separaciones, "oye tirémosle un bono a las puras preñás, pa' que las guatonas pajeras en la cama, se pongan a crear cabro'h chicos! la funcionalidad de el sector primario nos nos puede cagar ahora"... que en instantes se apagaban de golpe, y melodías completaban el vacío; se comenzaba a ir vilmente la motricidad y la mecanización realidad/fantasía. Entre tanto el hambre comenzó a atacar...
...Y yo a ti.
Yo sé que tú no me habrías dejado morir de esta forma. Tú habrías muerto conmigo.
Dejó de pensar todo tan básicamente. Necesitaba ver el mundo desde las entrañas. Replantear cada uno de sus fundamentos. Renacer. 7 días. Nuevos. Pirilongi.

Yes I do...
Yes I do...
Yes I do...
Yes I do...
Yes I do...
Yes I do...
Yes I do...
Yes I do...

Once de Enero.
El quizás, peor día de mi vida.

Auspiciado por, mi imbecilidad y poco criterio.
Por momentos me gustaría que las palabras en un papel fueran como la música. Un poco de melodía de ambiente bajo el rigor de un ensayo o la suavidad de un poema. Sinestesia para darle color a esos aromas de las letras en una musicalización del todo. Que cada elemento visual impreso bajo los patrones de lo escrito sea un sonido, un suspiro o un viento que se mueve entre ondas generando el movimiento. La palabra como un suspiro. Me gustaría poder volver a leer cosas de hace un par de años y sentir el tibio aliento de quién las escribió, escuchar el trabajar de la tinta en corromper al papel y el del papel de empaparse del instante presente. Que a través de las fibras se pudiera crear un pequeño espacio entre la tinta y el papel que almacenara una fotografía; un trozo del momento en que se guarden además todos los detalles de la imagen, todos los deseos del autor, todos los pensamientos de su cabeza. Saber qué tan cerca de la verdad estaban sus palabras, sus "te quieros" y sus "eres lo peor que me pasó". Quisiera ser más que un lector, quisiera volver a acompañar a esa persona a escribir, poner junto a su mano mi respiración y sumarme a su ópera. Que las palabras sean nuevamente un nosotros entre risas. Sueño con sinestesia en lo que escribo. Sueño con estar envuelto en una historia de papel. Cada semana ser culpable de un envío nocturno de buenas noches. He escarbado entre las páginas en busca de aquello que me traiga de vuelta los espacios entre ese recuerdo. Cada vez siento que es más necesario afirmar el porqué sigo con todo. No puedo sino aferrarme al pasado en que entre tantos errores me trajo a donde estoy. El ejercicio de volver en el tiempo para entender el presente no es más que la excusa que tengo para recordar-te. Siento nostalgia. Me vuelvo tonto. Pues es tonto seguir sintiendo nostalgia cuando no recuerdas ni siquiera el sonido de una voz. Cuando olvidaste el calor de su cuerpo, el olor en su cuello, el timbre de su risa... Es tonto creer que se pueda almacenar una imagen entre las fibras de papel. Todo es tonto desde que dejaste de "creer" y comenzaste a "pensar" nada más. Cuando no existieron más ilusiones y anhelos y solo te viste parado frente a una multitud que esperaba sacarte las tripas. Cuando simplemente te diste cuenta que eras uno frente al mundo. Cuando no pudiste contener el llanto. Es tonto todo desde que dejaste de ver los sonidos. Tonto al escribir esto solo con la excusa de decir "Espero que seas feliz, nada más".



Cebolla

Era una sonrisa triste, creo que eso fue lo que más me marcó.
Las personas vienen y van sin prestar mucha atención a su alrededor, suelen ir como ovejas, analogía que por cierto está un poco deshabituada, pues nosotros hicimos de las ovejas lo que hemos terminado por hacer con nosotros mismos; un rebaño. No soy una autoridad ni menos pienso en dejar una huella de razón o de cordura, sólo veo y describo lo que siento. A esta altura, cuando siento el karma a mi favor, las emociones fluyendo libremente como el viento en la cordillera, sorteando riscos y escarpando la nieve de la cima. Es esta vida un pequeño reflejo de lo que queremos que sea, y así es nada más. No pensaba en someterme a una sensación expiatoria, pero los recuerdos son como películas viejas, malgastadas cintas que de a poco se van decolorando; que el tiempo irá borrando, cuadro por cuadro. Es inalterable el rumbo de los cielos, así como vemos caer hay quienes aún no han tocado el piso, y es eso lo que me angustia. Sonreía, a ratos. Eran dos, pero como uno solo, eran uno, eso es verdad. No sé quién era el que estaba demás en la imagen. Se puede decir que los errores ocurren cuando alguien o algo está en el lugar y en el momento inadecuado, quizás yo estaba demás en aquel vagón. La suciedad no es lo cuestionable, la pobreza y lo denigrante no es parte de esta historia. Es la indiferencia y la menesterosidad. No habrá quien duerma con una idea tan precaria del sentimiento de libertad como yo tengo ahora. No me siento parte de ese recuerdo, como si realmente yo era quien estaba demás, el testigo que se hace parte por error. Por estar en el lugar y en el momento inadecuado. Los juegos eran con monedas, de las más pequeñas, las que desechamos en vano y en vanos placeres. Nominalmente todo el dinero valdrá lo mismo, aunque sabemos que no es así. Eran 30 pesos. un juguete puede costar cien veces ese valor, el consuelo para ese niño es jugar con monedas, con las pequeñas. Brillantes objetos de deseo, que para una mente frágil son un pequeño alivio a la jornada. Son detalles los que hacen de las cosas bellas, y detalles pueden acabar con la belleza a su nivel y en una medida que representativamente ha costado menos que treinta pesos para mi. No sé en qué momento dejé de mirar, me parece que nunca lo hice. La manada siguió aumentando la carga del vagón, y en sus dos significados, pues era un verdadero agobio, un peso demás. La vida nos enseña que somos libres para mantenernos atados a esa idea, supongo que de esa forma sabemos que nada además de nosotros mismos, es un problema que importe; de hecho, es de esa misma manera que nos convertimos en un masa uniforme de miradas secas por el agotamiento y el estrés. No miramos a nuestro alrededor porque no nos importa. Somos autónomos, somos seres independientes que dejamos de actuar como animales, para volvernos tan humanos que olvidamos como se puede sentir el otro. Mis entrañas eran un cúmulo de zozobra, o desasosiego, quizás. De hecho en instancias como esta es cuando me doy cuenta de la enormidad de palabras que pueden servir para expresar una sensación de malestar, quizás indica que nos gusta sufrir. Las miradas eran de desagrado. Un hombre sucio es una persona descuidada, pobre para muchos. La pobreza debería medirse en el espíritu, pero vaya, ¿quién puede creer en eso en estos días tan racionales y prácticos?
Hoy el ser humano puede llegar al espacio, y puede comunicarse con cualquier parte del mundo con sólo un botón. Podemos guardar miles de libros en nuestro computador, pero ¿de qué sirve si no somos capaces de leer una mirada? No somos una especie, somos una idea abstracta de sociedad. Somos la suciedad que rechazamos porque nos recuerda lo que no podemos ser, una invariable imagen de la mala fortuna, culpa del destino o de las circunstancias. No me molesta, ni nos molestará. Hemos creado un Dios que nos salvará. El hombre bajó su mirada para terminar su viaje. Él era quién debía apartarse ante las personas, para todos él y su niño estaban demás. La mala ventura de aquellos que arruinaron su regreso a casa con una desagradable compañía, volverán a sentirse bien apenas vean la nueva miseria de tecnología, o bien los salude amablemente su jefe. No es odio, debo insistir, es un lamento eterno por no querer ser parte de una multitud indiferente, de una mustia sonrisa ante la mirada de desagrado de los demás.
Nadie sabrá que ocurrió, quizás todo pasó demasiado rápido. No fue agónico, más bien fue una puñalada doble al orgullo y a la falsa caridad. No es su culpa viajar esquivándonos. Es la nuestra que corremos ante el desconsuelo.
Seguiré creyendo que fue mi error el subir a ese vagón.